El otro by Clara Tahoces

El otro by Clara Tahoces

autor:Clara Tahoces [Tahoces, Clara]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Intriga
editor: ePubLibre
publicado: 2009-05-07T04:00:00+00:00


Capítulo 30

No tuve valor para negarme. ¿Cómo iba a dejarle tirado en aquellas circunstancias? Al final cedí. Por el bien de Noel el doctor Miríada y yo acordamos no decirle nada sobre mi decisión, al menos hasta que el primero diera con el especialista adecuado para tratar su caso. Sin embargo, los acontecimientos se precipitaron y al día siguiente Gerardo me telefoneó para decirme que Noel no quería regresar a mi consulta y que, por tanto, ya no hacía falta seguir con el plan. Algo que, por desgracia, ya intuía. Nuestra conversación en aquella cafetería cercana a la casa de mis padres me hizo presagiar lo peor: que Noel había perdido la fe en mí, si es que alguna vez la había tenido.

Al parecer, después de mi encuentro con Miríada éste telefoneó a Noel y le animó a que viniera a verme. Pretendía que se desahogara contándome su angustiosa experiencia en el río, pero Noel se negó aduciendo que mi ayuda no le había valido de mucho. Miríada trató de convencerlo, pero no hubo manera. De nada sirvieron sus recomendaciones y consejos. Noel era tozudo y no estaba por la labor de contar sus cuitas a alguien que no sólo no había escuchado sus demandas, sino que además parecía dudar de su cordura. No le refirió esto último al médico, pero era fácil deducirlo después de mi negativa a indagar datos personales sobre el donante de la mano.

Recibí la noticia con dolor, como si me hubieran asestado mi golpe. Le di las gracias y colgué el teléfono. En cuestión de instantes me derrumbé. Me sentía fracasada desde todos los puntos de vista posibles. Y lo peor, aquello suponía que no volvería a verlo. En aquellos momentos, mientras mi corazón se retorcía de impotencia, lo más probable era que Noel, ajeno por completo a mis emociones, me detestara.

No podía culparlo.

Aquel caso se rae había escapado de las manos. Ya era hora de que aceptara que no había sabido manejar el problema con la firmeza y el aplomo necesarios. Había antepuesto mi corazón a mi cabeza, cuando lo que la situación requería era mantener esta última bien fría. Pero ¿era posible tal cosa?

Aún con las manos temblorosas por la pesadumbre y el temor de no volver a tenerlo cerca, me puse las gafas y busqué su expediente. No me costó dar con él. Estaba sobre un montón de papeles que había en el lado izquierdo de la mesa. En él anoté la fecha y un resumen de mi conversación con el médico y le pedí a Teresa que lo archivara junto al resto de casos cerrados.

—¿No vendrá más a consulta? —quiso saber.

—No —contesté con pesar—, ya no es mi paciente.

—Qué pena, con lo guapo que era —comentó mientras cogía la carpeta—. Y también parecía buen chico. Aquí tienes el periódico de ayer que me pediste. Mi madre lo había tirado, pero llegué justo a tiempo para rescatarlo de la basura.

Le di las gracias y me giré en dirección a mi despacho cuando la joven reclamó mi atención.



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